19 nov 2013

Sáquense los bigotes

Ella se despierta y no habla. Se queda ahí, de ojitos duros. La miro intensamente, pero nada, ni bola, soy un cero a la izquierda, o esa mierda que nadie se deshace porque está lo suficientemente lejos como para joder a alguien. Empiezo a respirar más fuerte para que sepa que estoy molesto, en algún momento asumió que soy un imbécil y todo dio un giro bastante dramático. Yo ni siquiera la acaricio, y ella ni siquiera se me acerca. En el fondo siempre supe que iba a terminar solo. Es una condición de vida, como cualquier otra, yo nací para no soportar seres vivos, ni siquiera una planta. Me llevo bien con mi placar, por ejemplo, lo mantengo limpio, ordenado, y mi ropa se guarda según su clasificación respectiva. Ropa de verano, ropa de invierno, pantalones por un lado, shorts por otro, medias y calzoncillos separados. Es un capricho de niño, y no le quiero buscar una explicación.
Todo en mi casa está decididamente ubicado, salvo ella, claro. Laura se mueve de allá para acá, desordenando la tranquilidad. Va a los saltos, da vueltas, se entretiene con el aire, no tiene problemas en salir y ensuciarse las patas con el barro del fondo. Al final el trapo de piso en la entrada es inútil. 
Y acá está lo que más me jode. Yo estoy atrás de ella limpiando la mugre que deja -por ejemplo- después de comer, como si fuera muy difícil. No agradece bajo ningún concepto todo mi esfuerzo, salgo todo el día a laburar y cuando llego a casa ni siquiera me saluda. 
Es una soledad constante.
Al final tenía razón Martín, los gatos no sirven para nada.