Me
crecieron ramas en el pelo y muchas personas las confunden con rastas, una pena
tremenda, ¿nadie se da cuenta de los pájaros que llevo en la cabeza?
Al
principio me costó aceptarlo porque me incomodaba en muchos aspectos; tuve que
dejar de usar mis gorros preferidos, cambiar de almohada, podarme cada dos
meses, y tantas otras acciones que en mi forma original eran innecesarias. Pero como
somos bichos de costumbre -tengamos ramas en la cabeza o no-, con el tiempo
todo se volvió cotidiano y, a decir verdad, ahora que escribo estas líneas, ni
siquiera me percato del escándalo de las aves que sobrevuelan mis brotes.
Está bueno
porque siempre tengo un tema de conversación, cada vez que cuento cómo ocurrió
esta singularidad, transformo la versión a mi antojo y maravillo al espectador
con fascinantes mentiras. Algunas son geniales.
Sin duda tuve que dejar muchas cosas y adoptar nuevas percepciones, pero me siento muy
feliz así. Por ejemplo, en primavera me lleno de colores y olores ricos; mis ideas se elevan, circulan, pasan de un lado a otro, saltan,
se nutren, florecen. Tiene sus ventajas. Estoy en constante contacto con la naturaleza, que siempre es bueno, sobre todo cuando tenemos esos días pesados. Eso sí, lo único que me resulta bastante incómodo es dar este testimonio, generalmente no lo hago, pasa
que hace un rato prendí la tele y vi en el Discovery Channel
un documental acerca de anormalidades que son puestas en exhibición con el
propósito de generar un nivel tan grande de morbo, que me hizo sentir malamente distinta y me dieron ganas de llorar.