19 nov 2013

Sáquense los bigotes

Ella se despierta y no habla. Se queda ahí, de ojitos duros. La miro intensamente, pero nada, ni bola, soy un cero a la izquierda, o esa mierda que nadie se deshace porque está lo suficientemente lejos como para joder a alguien. Empiezo a respirar más fuerte para que sepa que estoy molesto, en algún momento asumió que soy un imbécil y todo dio un giro bastante dramático. Yo ni siquiera la acaricio, y ella ni siquiera se me acerca. En el fondo siempre supe que iba a terminar solo. Es una condición de vida, como cualquier otra, yo nací para no soportar seres vivos, ni siquiera una planta. Me llevo bien con mi placar, por ejemplo, lo mantengo limpio, ordenado, y mi ropa se guarda según su clasificación respectiva. Ropa de verano, ropa de invierno, pantalones por un lado, shorts por otro, medias y calzoncillos separados. Es un capricho de niño, y no le quiero buscar una explicación.
Todo en mi casa está decididamente ubicado, salvo ella, claro. Laura se mueve de allá para acá, desordenando la tranquilidad. Va a los saltos, da vueltas, se entretiene con el aire, no tiene problemas en salir y ensuciarse las patas con el barro del fondo. Al final el trapo de piso en la entrada es inútil. 
Y acá está lo que más me jode. Yo estoy atrás de ella limpiando la mugre que deja -por ejemplo- después de comer, como si fuera muy difícil. No agradece bajo ningún concepto todo mi esfuerzo, salgo todo el día a laburar y cuando llego a casa ni siquiera me saluda. 
Es una soledad constante.
Al final tenía razón Martín, los gatos no sirven para nada.

31 oct 2013

Y vendrán las flores.

Me crecieron ramas en el pelo y muchas personas las confunden con rastas, una pena tremenda, ¿nadie se da cuenta de los pájaros que llevo en la cabeza?

Al principio me costó aceptarlo porque me incomodaba en muchos aspectos; tuve que dejar de usar mis gorros preferidos, cambiar de almohada, podarme cada dos meses, y tantas otras acciones que en mi forma original eran innecesarias. Pero como somos bichos de costumbre -tengamos ramas en la cabeza o no-, con el tiempo todo se volvió cotidiano y, a decir verdad, ahora que escribo estas líneas, ni siquiera me percato del escándalo de las aves que sobrevuelan mis brotes.
Está bueno porque siempre tengo un tema de conversación, cada vez que cuento cómo ocurrió esta singularidad, transformo la versión a mi antojo y maravillo al espectador con fascinantes mentiras. Algunas son geniales.

Sin duda tuve que dejar muchas cosas y adoptar nuevas percepciones, pero me siento muy feliz así. Por ejemplo, en primavera me lleno de colores y olores ricos; mis ideas se elevan, circulan, pasan de un lado a otro, saltan, se nutren, florecen. Tiene sus ventajas. Estoy en constante contacto con la naturaleza, que siempre es bueno, sobre todo cuando tenemos esos días pesados. Eso sí, lo único que me resulta bastante incómodo es dar este testimonio, generalmente no lo hago, pasa que hace un rato prendí la tele y vi en el Discovery Channel un documental acerca de anormalidades que son puestas en exhibición con el propósito de generar un nivel tan grande de morbo, que me hizo sentir malamente distinta y me dieron ganas de llorar.