31 oct 2013

Y vendrán las flores.

Me crecieron ramas en el pelo y muchas personas las confunden con rastas, una pena tremenda, ¿nadie se da cuenta de los pájaros que llevo en la cabeza?

Al principio me costó aceptarlo porque me incomodaba en muchos aspectos; tuve que dejar de usar mis gorros preferidos, cambiar de almohada, podarme cada dos meses, y tantas otras acciones que en mi forma original eran innecesarias. Pero como somos bichos de costumbre -tengamos ramas en la cabeza o no-, con el tiempo todo se volvió cotidiano y, a decir verdad, ahora que escribo estas líneas, ni siquiera me percato del escándalo de las aves que sobrevuelan mis brotes.
Está bueno porque siempre tengo un tema de conversación, cada vez que cuento cómo ocurrió esta singularidad, transformo la versión a mi antojo y maravillo al espectador con fascinantes mentiras. Algunas son geniales.

Sin duda tuve que dejar muchas cosas y adoptar nuevas percepciones, pero me siento muy feliz así. Por ejemplo, en primavera me lleno de colores y olores ricos; mis ideas se elevan, circulan, pasan de un lado a otro, saltan, se nutren, florecen. Tiene sus ventajas. Estoy en constante contacto con la naturaleza, que siempre es bueno, sobre todo cuando tenemos esos días pesados. Eso sí, lo único que me resulta bastante incómodo es dar este testimonio, generalmente no lo hago, pasa que hace un rato prendí la tele y vi en el Discovery Channel un documental acerca de anormalidades que son puestas en exhibición con el propósito de generar un nivel tan grande de morbo, que me hizo sentir malamente distinta y me dieron ganas de llorar.